"Cuando pronuncias, piensas, intuyes o escribes "Jesús", te quitas de un tirón a los demonios de encima". Para comprender bien esto, te recomendamos leer (y ver el vídeo):




"Nuestra búsqueda de la verdad es constante, por etapas, y el inconformismo e imperfección humanos nos deja cerca de una realidad: lo que hoy damos por bueno, tal vez mañana lo eliminemos, de este sitio y de nuestros principios"

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COLABORACIÓN MUTUA

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Colaboran con nosotros, o han colaborado en los últimos años: Felipe Santiago Canepa, Jesús Hidalgo, En la senda del Zahorí, Miguel Rosell Carrillo...



Podemos insertar tu obra: plástica, relato, novela, ensayo -si la temática es disidente (no necesariamente), heterodoxa, etc.-, por entregas..., y poemas (de todo tipo)... Otros poetas (Ana Mª Espinosa, Belquis Castillo, David González, Kety Alejandrina Lis, Laura Giordani, Luis Antonio de Villena y Víctor Gómez Ferrer) han intervenido aquí hace años. Muchas gracias a todos.

Una y otra eternidad




       Le palpitaba la pierna como las cuerdas de un arpa, sentado en su sillón de escay, mientras comía pipas con la mano izquierda, porque con la otra tecleaba el ordenador. De pronto, escuchó una voz cristalina, de un cristal reflectante que destelló los rayos sobre una figurita de porcelana. Se quedó inmóvil, tanto, que el silencio era ruido comparado con su cuerpo quedo. No supo qué hacer, o no quiso hacer, para mantener la paz que inundaba en ese instante la habitación. De un momento eterno se pasaba a otro eterno. La tarde entraba por los poros del aire, para mostrarse sobre la circunferencia gelatinosa del agua, temblorosa de latidos humanos. Las burbujas de la botella dibujaban una constelación estelar. Presagiaban la noche. Una y otra eternidad se alternaban, la realidad y el sueño, la claridad y la penumbra. Un ronroneo de plástico, seguido por un suspiro afilado, deshicieron el embrujo. Despertó del encanto, para tomar conciencia de la aguja vertical e intermitente de la pantalla. Miró a su izquierda y se encontró con sus ojos felinos.

      El sol del atardecer es tangente y entra por la ventana. Caminó a ráfagas de luz hasta las telas bordadas, y separó con sus manos la luna del sol. Miró a su derecha, en un giro de cuello de cisne, y lo vio, chulo y arrogante, deslizarse sobre el hielo del resplandor del piso. Lo siguió con la mirada, y después con las almohadillas de hombre, sigiloso. No halló rastro de él. Lo buscó por toda la casa, sin éxito. Así son ellos, impecables, hasta para esconderse. Más aún, para volverse invisibles. Se dio por humillado y dejó de buscar. Las tinieblas avanzaban a pasos kilométricos, cada pisada cubría un campo entero, y después una manzana de viviendas completa... A las doce en punto sonó el cuco de la casa de al lado, como todas las noches. Esta vez con más decibelios. Habría jurado que el pájaro del reloj cantó en su propia casa. Saltó de la cama con la elasticidad de un ocelote, y en tres segundos llegó al salón. Allí estaba él, jadeante e inmóvil, encima del respaldo del sofá. Su inteligente mirada lo fulminó. Lo evitó y se encaminó hacia la cocina, pero no la alcanzó, porque una voz cristalina, de un cristal de espejos, le reveló la cara de un gato sonriente, perfilada en el marco metálico de una lámina con la figura de Osiris, recuerdo de un viaje a Egipto.


Bastets  
     

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