"Nuestra búsqueda de la verdad es constante, por etapas, y el inconformismo e imperfección humanos nos deja cerca de una realidad: lo que hoy damos por bueno, tal vez mañana lo eliminemos, de este sitio y de nuestros principios".

¡Nos vemos en rumble: raowll!

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COLABORACIÓN MUTUA

Si deseas aportar comentarios e ideas, no dudes en escribirnos: raowl@live.com

Podemos insertar tu obra: plástica, relato, novela, ensayo -si a temática es disidente (no necesariamente), heterodoxa, etc.-, por entregas..., y poemas (de todo tipo)... Otros poetas (Ana Mª Espinosa, Belquis Castillo, David González, Kety Alejandrina Lis, Laura Giordani, Luis Antonio de Villena y Víctor Gómez Ferrer) han intervenido aquí hace años. Muchas gracias a todos.

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Apropiación -La antorcha de Kraus-



      La antorcha de Kraus: entra en el enlace que hay al final y no te pierdas la lectura de microrrelatos. En este se mezcla lo narrativo, lo poético, lo psicológico, lo imaginario...



Recuerdo vagamente haber leído poesía antes de dormir. ¿Poesía de poeta hombre o de poeta mujer?, pregunta Walden. Yo le digo que eso es lo de menos, aunque no lo recuerdo, que una poesía en la que entras no es un poeta sino una estancia. Tampoco una habitación, sino un territorio. Pero ¿tenía efecto relajante o te narcotizó?, insiste Walden. No fue ese tipo de sensación. Un texto que entra en ti deja de ser algo espacial para ser reflejo, el espejo donde te ves no sólo en lo que eres sino sobre todo en lo que aún no has llegado a ser. Pero eso sería una bola de cristal, dice el otro. No, una bola de cristal es un truco, digo yo. Pero ¿acaso la poesía no es también un subterfugio? Puede que algunos poetas la entiendan así y haya lectores que la acepten. Pero para mí, que leo despacio y releo es porque siento que me aproximo a otro ser que o soy yo o he sido yo o aún anhelo serlo. Tal vez todo ello. Llega un momento en que las palabras de la poesía me desnudan y toman mi cuerpo. La voz del poeta, si pudieras escuchar su recitación,  podría ser decisiva para situarte, juega conmigo Walden. En eso estamos. Mientras, ¿acaso cuando leemos no fingimos una voz imaginaria? ¿Acaso no hay una apropiación del sentido del poema cuando lo recitamos? ¿Acaso no somos por un instante nosotros ese poeta, recordemos o no su nombre?



Enlace: La antorcha de Kraus


(con el permiso de la autoría)


Monólogo -la dame au chien-





Qué sabe nadie de nuestro sufrimiento. No saben pero bien lo causan. Echan tanta leña al fuego. Por qué tenemos que vivir conforme a sus reglas. El chico merecía que le dejara la bici en condiciones. No es como los otros. Se le nota en la mirada, en la actitud. No me ve como el pobre hombre que dicen los demás que soy. Si este chico estuviera aquí todo el año probablemente sería de la misma ralea. No sé. Es difícil saber si uno es como es por su propia naturaleza o por el influjo de los demás. Me pregunto si se acordará de mí cuando se vaya. Si me cae bien no es por su familia. Ni su familia ni las demás del barrio son justas conmigo. Pusilánime: eso es lo que me llaman. El chaval no. Él es tan diferente. Está siempre pendiente de mis palabras. Observa los trabajos que hago. El otro día me dijo que podía enseñarle a arreglar bicicletas. Le contesté que este oficio no lleva a ninguna parte. Él no se mete en mi vida. Me habla de la ciudad de donde viene a pasar todos los veranos. Una ciudad del sur de la que yo no había oído hablar mucho. Allí son otros aires. Puede que haya de todo, pero tanta hipocresía como aquí lo dudo. Cuánto oprobio, disimulado con parabienes falsos y acompañado de sonrisas y chanzas, hemos tenido que aguantar. Qué saben ellos de lo que mi hermana y yo hemos padecido. Ser diferentes no estuvo bien visto nunca. Tener que aparentar y vivir una vida en secreto es duro. No se hacen idea. Ser consecuentes con nuestro fuero íntimo ha sido también nuestra condena. ¿Se podrá llegar a vivir alguna vez como uno quiera? Tanto ocultar nuestras creencias sobre la vida y sobre los sentimientos pesa demasiado. Esta tensión entre preservar nuestra intimidad y tener que mostrar por ahí otra cara desquicia. A mí se me da mejor; a ella no. Cuesta dejar a salvo la creencia más profunda: la de la atracción, la del deseo. Nuestra supervivencia hubiera sido más cómoda si no hubiera ocurrido lo del hijo. Desde que mi hermana tuvo el niño y a continuación dejó de tenerlo todo ha sido tormento. El niño que ambos deseamos pero que era imposible reconocer. Qué saben todas las familias de por aquí. Ella no pudo con la presión. Se aisló para protegerse de los demás pero no pudo hacerlo de sí misma. Luego las habladurías. Es fácil llamar loco a alguien. No te adaptas a lo estipulado y estás loco. Se admiten las rarezas si cumples sus preceptos. Si no lo haces, los otros dan por hecho que has traspasado el margen de la cordura. Como si ellos pudieran hablar en voz alta. Pueden porque mandan, no porque les asista la razón. Dicen que ha desaparecido. Mi hermana dejó de estar hace mucho tiempo. Su mente la secuestró. Su alma la devoró en la oscuridad. Para la autoridad y los vecinos es ausencia. Que lo sigan creyendo.




la dame au chien



(con el permiso de la autoría)

Escaleras de caracol



       Madrid se adormece bajo un cielo fantasmagórico. De paleta compuesta por amarillos, de erupciones solares y azafrán. Por naranjas, de gato persa y corteza anaranjada, y por grises, de cemento y ballena. Esta ciudad es una constelación de estrellas, medias lunas y almenas irregulares. Cae, a la diestra, pero los bloques resisten, pegados a la tierra. Ésta respira a la altura de los campos y las montañas, y su sangre le circula a través de ríos subterráneos. Aquélla, a base de alcantarillas inspira, y su corazón late, sístole y diástole, mediante ciegos drenes. 

       Sentada en una pila de cuatro sacos de yeso observa el atardecer madrileño de un mes de mayo, en el epicentro primaveral. Si sus nalgas se acuestan sobre esos aditivos, su columna vertebral descansa sobre los almohadones carnosos. Lucía medita. Juega con sus pies, restregando las suelas de sus zapatos sobre un suelo de arena y arcilla. Dibuja figuras helicoidales y piensa en escaleras de caracol. Había llegado hasta allí, cansada, buscándolo. Ahora mira a su alrededor y todo son materiales y estructuras de la construcción. Recuerda las conversaciones de su padre y su hermano. Ambos son albañiles, su oficio familiar. Ya es tarde, pero no puede volver sin él. Frente a sí, la gran colmena se apaga, lentamente, como sus esperanzas. Las abejas fantasma lucen como boquillas, sobre aristas metálicas. Un leve viento del sur zumba, y una cornisa desprende partículas de limo. Se decidió a entrar en la obra. Como testigos, las estrellas, y los ojos o lumbres semi apagadas de fantásticos zánganos y obreras. Muros, pasarelas, plumas, rampas y herramientas tiradas, se vislumbraban por el blanco cisne de una luna de circunferencia perfecta. Sobre una barandilla, en la terraza del primer piso, yacía. Lo llamó, desconsolada, aunque apenas pudo articular palabra. Él, firme, estático. Ella, subió rápidamente por las escaleras diáfanas y atravesó el vano de una puerta. De nuevo, pronunció su nombre, pero ni se inmutó. Deslizó la húmeda palma de su mano derecha por encima del lomo de su gato... Sentada en la misma pila de cuatro sacos de yeso acechaba en la oscuridad. Unos pasos repicaban in crescendo. Se acercaron hasta ella, hasta una distancia prudencial. Alguien chistó, siseó, murmuró. Incluso articuló palabra: -¡Lucía?..., pero no obtuvo respuesta. Se acercó más, hasta el punto de rozar, con timidez absoluta, el hombro de la chica...

       Ha transcurrido un año después de aquello. No soy capaz de pasar por esa calle. Tengo miedo de volver a la memoria del tiempo bucle, el que expira las vidas.





Bastets

Una y otra eternidad




       Le palpitaba la pierna como las cuerdas de un arpa, sentado en su sillón de escay, mientras comía pipas con la mano izquierda, porque con la otra tecleaba el ordenador. De pronto, escuchó una voz cristalina, de un cristal reflectante que destelló los rayos sobre una figurita de porcelana. Se quedó inmóvil, tanto, que el silencio era ruido comparado con su cuerpo quedo. No supo qué hacer, o no quiso hacer, para mantener la paz que inundaba en ese instante la habitación. De un momento eterno se pasaba a otro eterno. La tarde entraba por los poros del aire, para mostrarse sobre la circunferencia gelatinosa del agua, temblorosa de latidos humanos. Las burbujas de la botella dibujaban una constelación estelar. Presagiaban la noche. Una y otra eternidad se alternaban, la realidad y el sueño, la claridad y la penumbra. Un ronroneo de plástico, seguido por un suspiro afilado, deshicieron el embrujo. Despertó del encanto, para tomar conciencia de la aguja vertical e intermitente de la pantalla. Miró a su izquierda y se encontró con sus ojos felinos.

      El sol del atardecer es tangente y entra por la ventana. Caminó a ráfagas de luz hasta las telas bordadas, y separó con sus manos la luna del sol. Miró a su derecha, en un giro de cuello de cisne, y lo vio, chulo y arrogante, deslizarse sobre el hielo del resplandor del piso. Lo siguió con la mirada, y después con las almohadillas de hombre, sigiloso. No halló rastro de él. Lo buscó por toda la casa, sin éxito. Así son ellos, impecables, hasta para esconderse. Más aún, para volverse invisibles. Se dio por humillado y dejó de buscar. Las tinieblas avanzaban a pasos kilométricos, cada pisada cubría un campo entero, y después una manzana de viviendas completa... A las doce en punto sonó el cuco de la casa de al lado, como todas las noches. Esta vez con más decibelios. Habría jurado que el pájaro del reloj cantó en su propia casa. Saltó de la cama con la elasticidad de un ocelote, y en tres segundos llegó al salón. Allí estaba él, jadeante e inmóvil, encima del respaldo del sofá. Su inteligente mirada lo fulminó. Lo evitó y se encaminó hacia la cocina, pero no la alcanzó, porque una voz cristalina, de un cristal de espejos, le reveló la cara de un gato sonriente, perfilada en el marco metálico de una lámina con la figura de Osiris, recuerdo de un viaje a Egipto.


Bastets  
     

Una niña gritaba


    Hoy, en un despertar, dos lechuzas marcaban las tres. Una niña gritaba: ¡papi, papi, dónde estás? El silencio era don dios, que dejó de ser don dios porque una diosa reinaba. Una niña gritaba: -¡por favor, que alguien me ayude! Los duendes asomaban sus cabezas como brotes nocturnos de capullos oníricos. Más imbécil que torpe, más torpe que indeciso, más indeciso que asustado, más asustado que inmóvil, subí las escaleras hacia el cielo, para llegar hasta la diosa que habitaba en el tormento. La fundí con mi abrazo y abdicó de su trono.


poessía